Revista de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Sede México

François Dubet. ¿Por qué preferimos la desigualdad? (aunque digamos lo contrario), Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2015, 121 pp.

Salvador Vázquez Fernández*

perlat. 2018 ; 26(52)
doi: 10.18504/pl2652-017-2018


El cambio climático ha elevado ligeramente la temperatura en el planeta con la fortuna de que para la mayoría de los habitantes estos cambios todavía son apenas perceptibles, pero no así para los millones de perros y gatos que pululan por las calles de las grandes urbes de concreto, cuya búsqueda no es por el alimento como prioridad sino encontrar una persona que sienta un poco de lástima, que se conmueva y solidarice con el sufrimiento del otro inferior para que finalmente le ofrezca un plato con agua para que logre sobrevivir un día más.

Este retrato es similar al que viven millones de personas hundidas en la marginación y la exclusión social en casi todas partes del mundo. Al igual que el agua, hoy la solidaridad es un bien escaso a punto de desaparecer. Este es el sentido del libro de François Dubet en el que se apunta con claridad que la intensificación de las desigualdades procede de una profunda crisis de las solidaridades.

¿Por qué preferimos la desigualdad? (aunque digamos lo contrario) es un libro que se puede ubicar en la tradición francesa de construcción de la idea de igualdad planteada en 1754 en el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres de Rousseau, quien plantea la igualdad como uno de los ideales de la Francia republicana. La igualdad, en otras palabras, es uno de los valores que constituyen la nación francesa y que ha permeado ampliamente a Occidente, al menos como ideal o deber ser. Y aunque este libro se limita a identificar las raíces que han conducido a la sociedad francesa a la llamada crisis de las solidaridades estableciendo como eje de discusión las contradicciones entre la búsqueda de la igualdad social versus la idea de la abstracta fraternidad como condición para superar las desigualdades injustas, los argumentos de Dubet son pertinentes para analizar la desigualdad en otras latitudes del globo, como las sociedades latinoamericanas donde, si bien es cierto que el individualismo esta cada vez más presente como clave para el éxito, las personas siguen mostrando que conservan una solidaridad arraigada que se activa frente a catástrofes naturales o cualquier incidente que irrita, ofende y lastima, pero que finalmente moviliza al colectivo social.

Una de los primeros medios para comprender la persistencia de las desigualdades, de acuerdo con Dubet, es la existencia de una especie de trampa que conduce a sostener que hay desigualdades justas y desigualdades injustas, hecho que haría preguntar en dónde entonces radica la igualdad. En mi opinión, la trampa estriba en que la desigualdad es una elección racional que impone un pequeño grupo que controla la mayor parte de la riqueza en detrimento de las mayorías. Es decir, son las élites políticas y económicas las que deciden qué tan igual o desigual se puede y se debe ser en la sociedad. Por otra parte, aunque hoy pareciera que la acumulación ya no es necesariamente resultado del trabajo sino del dividendo de los réditos de la riqueza heredada, en realidad solo son novedosas formas de explotación. A decir verdad, las desigualdades y su multiplicación no son producto de las leyes de la globalización como se podría creer sino de los mecanismos que se consolidan a partir de la conformación de redes de relaciones que se constituyen en ideologías y que luego se traducen a políticas que establecen los grupos en el poder en cada sociedad para mantener el control y el propio poder.

Un ejemplo de lo anterior es la escuela. Por mucho tiempo esta se ha considerado como el espacio mediante el cual todas las personas que a ella asistieran alcanzarían el mismo nivel para acceder y poder competir por las mismas oportunidades que los otros. Pero, ¿quiénes son los otros si se supone que todos recibimos la misma calidad de educación? En efecto, la escuela ha sido y sigue siendo en muchos lugares un mecanismo para el ejercicio de la democratización segregada puesto que la educación que reciben ricos y pobres es radicalmente diferenciada, es decir, desigual. Si alguna vez la escuela fue vista como la plataforma para que luego, a través del mérito, se alcanzaran las mismas oportunidades entre las personas, esto ha dejado de ser cierto desde hace bastante tiempo. Hoy la escuela es el lugar predilecto para construir relaciones, que se espera rindan frutos en el futuro, como sucede en los colegios y universidades a las que asisten los hijos de los gobernantes en turno. A la vez, en estos espacios “escolares” se crea una desconexión que invisibiliza las diferentes realidades en un mismo país. Más aún, en la escuela se ha ido generando el imaginario social que sostiene que la condición de pobreza es culpa de los propios pobres. Los medios de comunicación, difusión del conocimiento o transmisión hacen su parte para la conformación de estereotipos e ideologías que de acuerdo con Dubet se transforman en prácticas que legitiman creencias.

Dubet ocupa buena parte del texto en comprender en qué consiste el sentido de la solidaridad. Para él esta no es una donación de tiempo o dinero que hacen las personas a otras o por una causa determinada, tampoco es generosidad. En su juicio, la solidaridad consiste en compartir lo cotidiano, esto es, las alegrías y las preocupaciones que afectan al colectivo y a la sociedad; se comparte también la identidad, pero es en este punto donde el autor enfrenta un dilema pues cómo poder compartir la identidad de ser francés si la sociedad francesa está compuesta de un crisol de culturas y de identidades que hoy incluso parecen diluir la francesa. Para resolver este desafío, Dubet plantea tres pilares en los que se asienta la solidaridad. El primero sería la interdependencia de las actividades económicas; el segundo, la existencia de un contrato, y el tercero, la fraternidad.

Los tres pilares pueden resultar poco operativos socialmente, puesto que cada uno aglutina a todos. Y de nuevo habría que preguntar quiénes son todos. Por ejemplo, pareciera que construir el tercer pilar daría sitio a una sociedad multicultural como la francesa, aunque en esta se exacerbe cada vez más el nacionalismo. En este caso, la solidaridad sería más un ejercicio de inmediatez frente a un fenómeno determinado ya que, en efecto, ella se desplaza hacia los individuos y sus necesidades y las políticas de discriminación positiva que terminan generando exclusión, en lugar de desplazarse entre las instituciones y la política, lo que generaría bienestar para la colectividad y no solo para algunos grupos de la sociedad.

Aunque Dubet no lo deja ver del todo, parece que atisba una correlación entre la solidaridad y la cohesión social en contraposición con la idea de que la solidaridad produce integración; una idea fundamental, porque la cohesión social solo se logra con el ejercicio de la justicia. Esta, al menos como la concibe John Rawls en su Teoría de la justicia, consiste ante todo en reducir las desigualdades entre grupos sociales, redistribuir de los ricos hacia los pobres y en buscar el equilibrio del sistema social.

Acercándose a los mecanismos que Dubet propone para reducir las desigualdades se pueden identificar cuatro, a saber: la igualdad de oportunidades, el reconocimiento, la construcción de capacidades, y el capital social. Todos se parecen a los postulados sobre el desarrollo que no han tenido los efectos positivos esperados, por lo que, a decir verdad, podrían considerarse como casi utópicos, dado que si bien muchos agentes se ocupan en ayudar a disminuir los efectos de la pobreza construyendo las capacidades de las personas, resulta contradictorio que haya individuos con excelentes habilidades y capacidades de autovaloración pero que se topan con un muro diseñado justamente para que aquellos que provienen de la pobreza continúen inmersos en ella. Ciertamente, lo que se requiere no es solo empoderar a las personas, sino de un proceso quirúrgico de reconstrucción del tejido social e institucional.

Por otra parte, no basta con la construcción del capital social para abatir la desigualdad, menos aún si a este se le concibe contrapuesto al mérito. Es decir, al capital social se le ha definido en general como los recursos de los individuos, los cuales, a su vez constituyen redes de relaciones que eventualmente les permiten ascender a una mejor posición social, pero no por sus esfuerzos sino porque pueden acceder a la estructura de poder debida a su red de relaciones. Esto contravendría por completo a la idea de justicia.

Así, el punto crítico del argumento de Dubet sobre las solidaridades apunta a que la justicia debe estar en el centro de las instituciones, justamente, esa especie de canalizador para que todas las personas desarrollen su potencial y obtengan, en consecuencia, un mejor nivel de vida; sin embargo, para que ello sea posible se requiere de una precondición adicional que sería la obligada presencia de una política de la fraternidad.

La política de la fraternidad que incluye la solidaridad requiere no solo considerar la transformación de las dimensiones económicas y políticas del sistema social, atraviesa además las dimensiones simbólicas e imaginarias. Alcanzar una política de la fraternidad demanda el desarrollo de una ciudadanía plural e incluyente, capaz de reconocer las diferencias. Sin embargo, la construcción de ciudadanía representa un riesgo para los nacionalismos cada vez más influyentes en Europa y Estados Unidos. La fraternidad como libertad y diversidad significa el replanteamiento del imaginario de las sociedades; es un desafío para inclinar la balanza y hacerla menos desigual, pero representa por igual el riesgo y la tentación para que mediante expresiones como la xenofobia y el racismo se excluya y se culpe de todos los males que impiden la integración de la nación a todo aquel que económica, social, racial o étnicamente, sea calificado por una élite como diferente.

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