Asilos en dictaduras: chilenos en la embajada argentina | Revista Perfiles Latinoamericanos

Resumen

En la historiografía de los exilios políticos masivos del Cono Sur, los asilos diplomáticos constituyen un área de vacancia. Este artículo recorre las experiencias de chilenos y chilenas asilados en la embajada argentina en Santiago de Chile a partir del golpe militar del 11 de septiembre
de 1973 y hasta 1974. Se explora cómo se realizaron los ingresos a la embajada argentina, las relaciones de los diplomáticos con los asilados y con el contexto general, las rutinas y aspectos cotidianos de la vida en la embajada y la salida hacia Argentina una vez obtenidos los salvoconductos. Se presta especial atención a los modos en que las dinámicas políticas de Chile y Argentina atravesaron a estas experiencias. El artículo se posiciona en el nudo álgido de dos historias nacionales y de la experiencia del asilo diplomático en sus múltiples matices y complejidades.

Introducción

El golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 impactó de manera profunda sobre el pueblo chileno, con alcances represivos que no pudieron ser anticipados. Además de las persecuciones, detenciones y muertes, el régimen autoritario dispuso de otras herramientas para marginar y silenciar a distintos sectores sociales y políticos del país. Una de esas herramientas fue la expulsión del territorio nacional de miles de chilenos y de extranjeros residentes en Chile, especialmente de aquellos que habían llegado durante la presidencia de Salvador Allende, huyendo de las dictaduras del resto del continente, pero también de quienes habían llegado a Chile en los años de la Unidad Popular para ver y vivir en primera persona aquel experimento político social considerado como ejemplar para los que quisieron implicarse directamente en este proceso histórico.

El exilio político formó parte de un complejo entramado represivo que contó con pilares legales desplegados por la dictadura militar chilena. El 6 de noviembre de 1973, la expulsión de nacionales y extranjeros fue formalizada a través del Decreto-Ley número 81 (06/11/1973), que otorgó al Estado la facultad de expulsar del país a quienes cometieran delitos y dispuso que las personas que desearan regresar al territorio nacional podrían hacerlo solo con previa autorización del Ministerio del Interior. Este decreto, junto a otros importantes instrumentos jurídicos1 desplegados en los años siguientes, evidencian que el gobierno de facto se adjudicó a través de una regulación arbitraria, la facultad de decidir quién podría vivir o no en el país y, aún más, de marcar la suerte de distintas personas a partir de la catalogación como "subversivos" o potenciales "amenazas" para el orden social chileno.

Aunque no existen cifras precisas, se estima que más de cuatrocientas mil personas2 vivieron su exilio como consecuencia del accionar represivo militar. En general, hay acuerdos entre los especialistas del tema en considerar al exilio chileno como un proceso iniciado de forma abrupta y masiva el mismo día en que se produjo el golpe de Estado (; Del Pozo, 2006; Norambuena, 2000; ). Sin embargo, esta oleada emigratoria tuvo sus gradaciones y mantuvo flujos de ingresos y egresos del país a lo largo de todo el periodo autoritario.3

Al igual que otros exilios del Cono Sur, el chileno es un objeto poliédrico y móvil (Jensen, 2011), formado por múltiples experiencias, complejas y heterogéneas, que tuvo distintas formas y diversos tiempos de salida y destinos.4 Los caminos para salir al exilio fueron variados, determinados por las circunstancias y las posibilidades de cada persona, pero fue muy importante el apoyo que las organizaciones de derechos humanos y los distintos Estados otorgaron a los perseguidos políticos en Chile. Debido al cierre de las fronteras y a la persecución, detención y fusilamiento de ciudadanos chilenos y extranjeros, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), así como otras organizaciones no gubernamentales y actores de las Iglesias católica y protestante,5 fueron fundamentales para proteger a los perseguidos políticos y orientar sus salidas del país. Uno de esos caminos fue el del asilo diplomático, es decir, buscar refugio en una embajada o consulado. Las legaciones diplomáticas se sumaron al esfuerzo de protección humanitaria. Hacia julio de 1974, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de Estados Americanos (OEA) estimaba que el gobierno habría permitido la salida del país de 4948 extranjeros y de 2945 chilenos asilados en distintas embajadas en Santiago6 (CIDH, 1974). Así, el exilio -en sus múltiples rostros, tiempos, destinos y formas- fue uno de los efectos que atravesó en su masividad y en su generalidad a la sociedad chilena.

El asilo diplomático se consolidó durante el siglo xx como una herramienta latinoamericana de protección a perseguidos políticos. Como explica Silvia Dutrénit Bielous (1999), si bien como institución el asilo ha sido debatido y consensuado por distintos países latinoamericanos,7 lo cierto es que a partir de las experiencias represivas que atravesaron al Cono Sur quedó claro que esta herramienta contaba con importantes lagunas normativas y de regulación para aplicar ese derecho. En este sentido, las distintas experiencias del asilo diplomático dependieron, en parte, de las condiciones específicas de cada momento histórico y de la particularidad de la legación a cargo, especialmente en relación a tres aspectos: las valoraciones de los diplomáticos a cargo de brindar el asilo, las estrategias estatales de los gobiernos involucrados y las características de los perseguidos políticos (Dutrénit, 1999, p. 111:) por nombrar las más importantes.

En la presente investigación abordaremos una experiencia de exilio que, hasta la fecha, ha sido poco estudiada: los asilados en la Embajada de Argentina en Santiago de Chile.8 Para ello tomaremos un espacio temporal que va del golpe de Estado hasta finales de 1974, momento en que hubo una serie de hechos, disposiciones y decisiones tomadas por las legaciones diplomáticas latinoamericanas y europeas que significaron el declive de los pedidos de asilo.9 En esa coyuntura, las experiencias del asilo en la embajada estuvieron marcadas por las condiciones políticas y sociales del golpe militar en Chile y también por el álgido momento político que se vivía en Argentina: con una fuerte radicalización política de las organizaciones de izquierda en el marco del traspaso presidencial de Raúl Lastiri a Juan Domingo Perón en octubre de 1973;10 y posteriormente por la muerte de Perón en julio de 1974 que fue reemplazado por su viuda, Isabel Martínez de Perón, abonando al proceso de recrudecimiento del aparato represivo estatal y paraestatal (Franco, 2012). En ese marco, gran parte de la emigración política chilena -más del 50% de acuerdo con (Norambuena, 2000)- cruzó las fronteras hacia Argentina, de forma individual o con su grupo familiar.11 De esta manera, entendemos que las experiencias del asilo en la embajada no se limitan al tiempo de permanencia en la legación diplomática sino que también incluye la vivencia del arribo hacia Argentina, dado que este país sufría por entonces de una fuerte ebullición política y social que afectaba también a algunas dinámicas de la embajada y del asilo.

Esta investigación se nutre de distintos trabajos empíricos elaborados sobre otras experiencias de asilo en el Cono Sur (); (Dutrénit, 2011); (Camacho, 2006); (Yankelevich, 2009), entre otros) con el propósito de preguntarse por la especificidad de la embajada argentina en Santiago de Chile. Para ello se consultaron entrevistas realizadas a chilenos y chilenas que recibieron asilo en la embajada entre 1973 y 1974, así como notas de prensa de ambos países e informes de los servicios de inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires durante ese breve periodo.12 Estos informes nos permitirán pensar cómo las experiencias de los asilados estuvieron atravesadas tanto por las tensiones políticas propias del golpe en Chile como por los conflictos políticos internos que vivía Argentina en ese momento, en especial en relación a la gradual construcción de la figura del "otro" como un enemigo del orden nacional.13

Sin ánimos de ofrecer una construcción acabada del asilo en esta embajada, nos proponemos presentar varios aspectos centrales de estas experiencias, inscritas en el nudo de dos historias nacionales álgidas y en tensión en esa coyuntura particular. En la primera parte, recorremos distintas modalidades de ingreso a la embajada argentina; en la segunda, profundizamos en las dinámicas cotidianas de la vida dentro de la legación; en la tercera, indagamos en el momento de la salida de la embajada y el arribo a la Argentina, señalando algunas tensiones en ese proceso y, por último, a modo de cierre, construimos diversas reflexiones.

La embajada argentina como opción

En el marco del golpe de Estado, buscar refugio en una legación diplomática no resultaba fácil, y se volvía más dificultoso según pasaban los días. Los militares chilenos rodearon las residencias y edificios del personal diplomático para evitar el ingreso de personas en busca de asilo. A pesar de la vigilancia, cientos de chilenos lograron entrar en algún tipo de recinto diplomático. Esto no habría sido posible sin la existencia de una red informal pero eficiente de organizaciones e individuos cuyo primer gesto de resistencia contra la dictadura fue la de ayudar a salir del país a los perseguidos. Además de saltar rejas, esconderse en automóviles, disfrazarse, y de utilizar otros recursos para despistar a los militares,14 fue importante la complicidad de los funcionarios diplomáticos.15

En términos generales las embajadas eran elegidas, sobre todo, por las facilidades de ingreso. Este fue el caso de la embajada argentina, ubicada en el centro de la ciudad. Los diplomáticos de esta embajada desde un primer momento comenzaron a recibir solicitudes de asilo de extranjeros, chilenos y también de muchos argentinos que deseaban regresar. La embajada no se encontraba preparada para ello, pues nadie lo estaba para recibir tal afluente de personas. Al momento del golpe de Estado, el embajador designado -Javier Teodoro Gallac- estaba ausente y en su lugar había quedado un grupo de diplomáticos que trabajó cotidianamente en el recibimiento y la asistencia a las personas que ingresaban. Uno de ellos era Albino Gómez, consejero de la embajada desde agosto de 1972, que para el momento del golpe tenía pendiente su pase a la embajada argentina en Nicaragua.16

Para Gómez, el golpe militar irrumpió con una violencia inesperada y lo que siguió fue "la historia de recibir [gente], no hubo tiempo a pensar, ni meditar... empezar a recibir las consecuencias, recibir gente, asustada, con temor, no sabíamos cuán duro podría ser" (Memoria Abierta, Testimonio de Albino Gómez, Buenos Aires, 2013). De su relato se desprende que no hubo una fuerte organización para la recepción inmediata de los perseguidos, sino que se trataba sobre todo de "meter gente", tanta como fuera posible. Uno de los modos fue apoyando los simulacros que las mismas personas que llegaban al recinto realizaban frente a los carabineros y a los funcionarios del consulado, por ejemplo, fingiendo que se acercaban para hacer un trámite cuando, en realidad, estaban buscando algún tipo de protección diplomática. Así se cuenta:

Como explica el exfuncionario, algunos ingresos a la embajada se realizaron por medio del consulado contando en algunos casos con la complicidad de los diplomáticos que aprendieron a "leer" las intenciones de las personas que se acercaban.

Otro modo de acceder a la embajada fue ingresando clandestinamente, saltando los muros del perímetro de la residencia o bien aprovechando los momentos de menor vigilancia de las puertas de entrada. Por ejemplo, Ana María Bussi -sobrina de Salvador Allende y militante del Partido Socialista-, recuerda: "entramos por el hospital San Borja, vimos que había un estacionamiento y había un muro... bueno, ¡era alto! Tampoco me puedo explicar cómo lo salté, yo en momentos normales no hubiera subido ni diez centímetros ese muro pero lo salté sin mayores dificultades" (Memoria Abierta, Testimonio de Ana María Bussi Vidal, Santiago, 2013). Otro de los asilados recuerda haber tomado la decisión de ingresar a la embajada luego de llevar adelante algunos estudios de la zona, evaluando los movimientos de las fuerzas policiales y la magnitud de los muros que habría que saltar: "alguien dijo que por el fondo, por el sitio Eriazo, se podía entrar... así que por allí entramos, éramos como seis creo [...] Primero privilegiamos a las mujeres, el muro era muy alto, es el mismo que está hoy día, pero el muro de ahí a un metro había un alambrado de púa" (Memoria Abierta, Testimonio de Mario Daniel Pérez Aguilar, Santiago, 2013). En ese escenario, los muros también fueron protagonistas de los ingresos de bebés y niños que eran lanzados por sus padres y familiares hacia los jardines de la residencia; estos hechos marcaron no solo a las personas que buscaban asilo sino a quienes los ayudaban y recibían (Memoria Abierta, Testimonios de Juan Tobar y Mario Daniel Pérez Aguilar, Santiago de Chile, 2013). Por ejemplo, Adriana Moreno cuenta cómo ayudó a mucha gente a entrar a la embajada argentina: "con las guaguas [bebés] en brazos andábamos ayudando a meter gente a las embajadas... yo no sé cómo no me tomaron detenida... había, en ese contexto, como un cierto resguardo de tu ser madre con guagua " (Entrevista a Adriana Moreno Fuenzalida, Santiago, 2013).

De acuerdo al testimonio de Albino Gómez, a los pocos días de producido el golpe militar se habría recibido un cable desde la Cancillería en el que se indicaba que la política debía ser de "puertas abiertas", disposición que se habría visto obstaculizada por la presencia de los carabineros que, en lugar de respetar esa decisión, las vigilaban y cerraban.17 En distintos casos se mencionan hechos de violencia en los ingresos a la embajada, por ejemplo, Francisco Martorell narraba en 2007: "hubo varios tiroteos de Carabineros contra la residencia, sé de alguien engañado por uno de ellos que simuló querer ayudarlo, y a quien fusilaron cuando subía la pared" (Clarín, 11/11/2007). Aunque en otros casos los perseguidos pudieron aprovechar cierta permisividad de los carabineros cuando dejaban la puerta sin vigilancia.18 Lo cierto es que, en esas múltiples experiencias, la embajada argentina parece haber estado tan sitiada por las fuerzas de seguridad como el resto de las legaciones diplomáticas.19

En general, los relatos de algunos asilados indican que la embajada argentina fue una opción "a la mano" que dependía principalmente del fácil acceso que ofrecía ya sea saltando los muros o ingresando por otras vías. Sin dudas, la ubicación de la embajada, en pleno centro de la ciudad, facilitaba las cosas. Para Ana María Bussi la opción por Argentina no fue la primera en la lista, sino que formaba parte de los rumores que circulaban entre personas allegadas que veían en las embajadas un modo de salvar la vida: "la embajada de Japón tiene poca gente, yo pensaba ¿qué voy a hacer en Japón?, no, la embajada de Francia tiene menos guardia, [...] hasta que un día los militares llegaron al barrio y salimos nomás, y me dijeron 'no, vamos, súbete al auto y nos vamos a cualquier embajada, a la embajada que encontremos te vas'" (Memoria Abierta, Testimonio de Ana María Bussi Vidal, Santiago de Chile, 2013). Para Adriana, en la elección de las embajadas el acceso era uno de los datos más importantes, así señala: "yo creo que todos los gobiernos abrieron sus puertas. Lo que pasa es que eran de más fácil acceso por los lugares donde estaban ubicados, las rejas que tenían" (Entrevista a Adriana Moreno Fuenzalida, Santiago, 2013).

Pero la ubicación urbana de la embajada no bastó para tomar la decisión de pedir asilo. Para otras personas esto también dependió de las directivas emitidas por sus partidos políticos y sus organizaciones ante el golpe militar. Aunque aún no contamos con investigaciones que analicen el lugar del exilio en las distintas estructuras políticas, podemos arriesgar que, en un primer momento, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) decidió no asilarse ni abandonar el país,20 mientras que el Partido Comunista y el Partido Socialista parecen no haber tenido una política clara al respecto.

Importantes investigaciones han señalado que una de las características más sobresalientes del exilio chileno fue su perfil político pues, a diferencia de otros exilios del Cono Sur, estuvo compuesto por importantes figuras del orden gubernamental depuesto y, a la vez, los exiliados lograron reconstituir a sus partidos políticos21 en el extranjero, especialmente en Europa (). De acuerdo con un funcionario de la embajada argentina, hacia finales de septiembre de 1973 no había entre los chilenos asilados ninguna figura política del gobierno de Allende (La Nación, 29/09/1973). Sin embargo podemos pensar que sí hubo un entramado de militantes y dirigentes que parecen haber tenido, puertas adentro, algunas tensiones en relación a la decisión de asilarse.22 Por ejemplo, en el caso del Partido Socialista, la decisión de asilarse tomada por uno de sus militantes fue compleja, pues recuerda que "las instrucciones era del partido [Socialista], que si había golpe de Estado había que resistir" (Memoria Abierta, Testimonio de Luis Segundo Salazar Esparza, Santiago de Chile, 2013). En el mismo sentido, Beatriz Orrego señala que en su ingreso a la embajada se encontraron "con la grata y desagradable sorpresa de que todos los dirigentes del comité central [del Partido Socialista] estaban asilados desde el día 11" (Memoria Abierta, Testimonio de Beatriz Orrego Villalobos, Santiago, 2013). El "descubrir"23 que los dirigentes del partido ya se encontraban asilados marcó y nutrió de tensiones la convivencia en la embajada:

La embajada argentina fue una opción para poner a salvo la vida. Como bien señala (Dutrénit, 1999: p. 118), los perseguidos políticos de la región fueron convirtiendo al asilo en una estrategia colectiva a medida que iban compartiendo los conocimientos y la información de distintos casos de personas asiladas. La embajada parece haber reunido en poco tiempo un número considerable de personas asiladas. Los relatos subrayan la enorme sorpresa que se generaba al ingresar a la residencia, ya que había una gran cantidad de personas:

Como subraya el entrevistado, en la embajada llegaron a convivir por un breve periodo de tiempo un gran volumen de personas a la vez y de diferentes nacionalidades: chilenos, uruguayos, brasileños, bolivianos, argentinos, entre otros. Algunos medios de prensa señalan que en las primeras tres semanas habrían ingresado aproximadamente cuatrocientas personas llegando a ser en total mil asilados (Clarín, 11/09/2003). Otros números fluctúan entre quinientas y ochocientas personas, aproximadamente (Clarín, 11/11/07; Página 12, 13/09/2013; Memoria Abierta, Testimonios de Juan Tobar, Santiago, 2013; y Albino Gómez, Buenos Aires, 2013).24 Si tenemos en cuenta otras experiencias de asilo diplomático, podemos ver que esta magnitud aproximada sería una de las más altas.25

La vida cotidiana en la embajada argentina

Al igual que en otras experiencias de asilo en la región, para los diplomáticos de la embajada y para sus asilados, la vida cotidiana estuvo sujeta a múltiples cambios. Como explica Dutrénit en el caso de la embajada mexicana en Montevideo, las experiencias del asilo estuvieron marcadas por "el encierro en libertad", lo que supuso reconstruir lo cotidiano en el marco de la excepcionalidad (Dutrénit Bielous, 2011: pp. 133-134). Esta reconstrucción de rutinas, hábitos y costumbres estuvo sujeta además a la cantidad de tiempo en que los asilados permanecieron en la embajada, lo que dependió de cuánto se demorara el Estado territorial en entregar los salvoconductos para poder salir del país. Veamos los aspectos más sobresalientes de la vida en la embajada argentina.

El ingreso de centenares de personas a la residencia en Vicuña Mackenna implicó que, inmediatamente, los temas de alimentación, salud e higiene fueran los más urgentes de resolver. El entonces consejero, Albino Gómez, recuerda:

Parte de la asistencia fue enviada desde Argentina por el gobierno nacional (La Nación , 22/09/1973) y, de acuerdo con Juan Tobar, empleado de la embajada, hubo un aumento en los recursos económicos que permitió que no faltaran remedios, alimentos, colchonetas y frazadas; aunque en algunos relatos se remarcan ciertos manejos confusos en la distribución de los alimentos.26 La vida en la embajada requirió de algunos esfuerzos de organización para evitar el caos cotidiano. Algunas rutinas y tareas fueron pensadas y propuestas por los mismos asilados, que se organizaron por grupos en función de diversos temas; por ejemplo, el grupo de salud, "andaban revisando los baños, los lavamanos, a donde estaba ese comedor chico se hizo una clínica ahí, porque había muchos doctores también acá, estaba bien organizados, no hubo problemas en eso" (Memoria Abierta, Testimonio de Juan Tobar, Santiago, 2013). Otros entrevistados también señalan que mientras un grupo se encargaba de hornear el pan, otro se ocupaba del aseo de los baños.27 Un entrevistado subraya que había turnos por grupos:

En un espacio que no estaba preparado para recibir a tanta gente, la organización fue parte de la respuesta para solucionar distintos problemas, sin embargo, en muchas circunstancias esto no lograba cubrir todas las necesidades. Algunos asilados recuerdan las peripecias de un día "común" en la embajada como un sinfín de esperas: "en la mañana te levantabas, tenías que hacer una fila para poder entrar al baño que te la encargo, tenías que hacer una fila enorme. ¿Ducharse? Esa palabra estaba vedada, yo creo que yo me habré duchado a los 15 días que estuve ahí porque ya empezaron a sacar gente y ahí recuerdo que me pude duchar" (Memoria Abierta, Testimonio de Mario Daniel Pérez Aguilar, Santiago, 2013). Por otro lado, una exfuncionaria del ACNUR menciona que en sus visitas a la embajada veía cómo los asilados pasaban frío cuando les cortaban la electricidad, teniendo que cubrirse como podían (Belela Herrera, en (MRECIC, 2007 p. 122:).

Los aspectos recreativos también eran importantes, pues permitían que los adultos y sobre todo los niños mantuvieran una actividad creativa que los alejara por momentos de la "excepcionalidad" que estaban viviendo. Por ejemplo, una entrevistada recuerda: "tratábamos de tener actividades... hicimos hoyitos y jugábamos con una pelotita, [...] hacíamos distintas cosas, lectura, otros escuchaban música, y nos pusimos a hacer artesanías, porque había unas palmas que daban una semilla así negra y buscamos clavos, después las barnizábamos y las vendíamos" (Memoria Abierta, Testimonio de Beatriz Orrego Villalobos, Santiago, 2013). Para otro asilado, la misma edificación de la embajada ayudaba a que los momentos de recreación con los niños fueran posibles: "con los cabros chicos nos entreteníamos, jugábamos, salíamos, corríamos por el jardín [...] éramos privilegiados en relación a otras embajadas, porque la embajada era muy linda y además teníamos un excelente jardín al cual no podíamos acceder por razones obvias pero el patio de atrás era muy bonito" (Memoria Abierta, Testimonio de Mario Ulises Gómez Ramírez, Santiago, 2013).28

A las necesidades cotidianas se sumaba la angustia de los asilados por la crítica situación en la que se encontraban: "toda la gente muy nerviosa, muy desesperada, todos con una sensación de pérdida tremenda, de pérdida de lugar, pérdida de país, pérdida de todo tipo, nos sentimos un poco perdidos todos" (Memoria Abierta, Testimonio de Ana María Bussi Vidal, Santiago, 2013). Junto a ello, la fragilidad de las rutinas que se intentaron construir en la embajada argentina estuvo sujeta también a ciertos episodios amargos y confusos marcados por la represión que sufrían muchas personas que llegaban en terribles condiciones físicas y psíquicas, "llegaban muchos mentalmente y físicamente enfermos, unos ya trastornados, ya en la noche no dormía, gritaba nomás y otros que venían del Estadio Nacional golpeados, torturados, puros jóvenes" (Memoria Abierta, Testimonio de Juan Tobar, Santiago, 2013). Así, una parte del espacio físico de la embajada estuvo destinado a la atención de personas que llegaban desde el Estadio Nacional29 torturados, "entonces afortunadamente por alguna razón había en ese minuto cinco médicos de los cuales dos eran psiquiatras entonces ellos se hicieron cargo de la gente que venía en peores condiciones" (Memoria Abierta, Testimonio de José Dollenz Briceño, Santiago, 2013).

Además hubo algunos episodios de represión y muerte dentro de la embajada que pusieron a la seguridad interna como tópico central de atención por parte de los funcionarios y de los mismos asilados. El caso más recordado es el crimen de Sergio Gustavo Leiva Molina, uno de los asilados en la embajada que el día 3 de enero de 1974 recibió un disparo efectuado por carabineros desde la calle.30 En cuanto sucedió el disparo, en la embajada se trastocó la vida nuevamente, mientras un grupo de asilados asistía a Leiva y lo llevaban a una habitación para atenderlo, los diplomáticos estudiaban la manera de llevarlo bajo protección diplomática al hospital más cercano.31 En ese escenario, el reconocido periodista Mario Gómez López, asilado también allí, dio aviso a los medios de prensa, rompiendo con el aislamiento que correspondía al asilo:

Las memorias y relatos sobre ese hecho expresan la clara sensación de estar en peligro. Esta sensación no se apoyaba solamente en este hecho, sino que en ese breve pero intenso tiempo la violencia era una realidad palpable en cualquier lugar del país:

Una de las respuestas inmediatas consistió en reforzar la vigilancia que desarrollaba el grupo de seguridad interna, formada por los mismos asilados. Uno de ellos relata: "fui parte del grupo de seguridad que funcionaba fundamentalmente en la noche, [para] evitar que la gente se volviera loca o se trastornara e intentara salir, más de algún caso hubo, o que entraran desde afuera gente que no correspondía. Si bien no teníamos más que nuestras propias manos, palos, pero bueno" (Memoria Abierta, Testimonio de Mario Ulises Gómez Ramírez, Santiago, 2013).

Mientras que en la embajada el efecto inmediato que tuvo el crimen de Leiva fue el derrame de más miedos y temores entre los asilados, en Argentina este episodio parece no haber generado serias repercusiones ni tensiones entre ambos gobiernos. Como señala Lucía (Abbattista, 2013), este hecho solo recibió una protesta por parte del gobierno de Juan Domingo Perón, pero no significó la ruptura de las relaciones con el gobierno chileno; aunque, por otra parte, sí tuvo importantes repercusiones en la comunidad de chilenos organizados en Argentina. Por ejemplo, la Coordinación de Movimientos de Ayuda a Chile (COMACHI) explicaba que este hecho y otras muertes ejecutadas afuera de la embajada eran una clara señal de que el gobierno chileno estaba profundizando la vigilancia para evitar nuevos ingresos a la embajada (COMACHI, Boletín , "Estremecedor relato de un asilado chileno", febrero, 1974).

Vinculado a estos hechos, algunos relatos subrayan la poca presencia que tuvieron los diplomáticos de la embajada ante sus asilados. Para uno de ellos, el asesinato de Leiva hizo que los funcionarios de la embajada se acercaran por primera vez a dialogar (Memoria Abierta, Testimonio de Mario Daniel Pérez Aguilar, Santiago, 2013), mientras que, en otros testimonios, se remarca que los contactos solo se concretaron a la hora de solicitar el asilo, pero que luego de ello lo cotidiano transcurría sin otra comunicación. Una de las asiladas, recuerda:

Es interesante este rasgo porque contrasta fuertemente con otras experiencias de asilo en las cuales los funcionarios de otras embajadas tuvieron una presencia más marcada en las memorias de sus asilados. Por ejemplo, el renombrado diplomático Harald Edelstam, embajador sueco en Santiago, es uno de los casos más presentes cuando se habla del asilo en Chile ya que expresó una clara voluntad política para poner a salvo la vida de centenares de perseguidos en los años del terror estatal en la región.32 En el caso de la embajada argentina, las historias de solidaridad diplomática no parecen haber calado hondo en las memorias de los asilados.33 En parte, esta ausencia se puede explicar por los múltiples traslados de distintos consejeros y diplomáticos argentinos desde Santiago a distintos puntos de Latinoamérica que fueron dispuestos por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Argentina desde finales de 1973 y durante 1974. Este aspecto también fue subrayado por un grupo de legisladores argentinos, encabezado por Héctor Sandler, ante el pase de diplomáticos que estaban ayudando a los asilados chilenos en la embajada, en particular de Félix Córdoba Moyano, Albino Gómez y del cónsul general Sainz Ballesteros que regresaron a Buenos Aires al poco tiempo de que la residencia estuviera colmada de asilados. Como plantean (Cisneros y Escudé, 2000), ese grupo de legisladores se preguntaba si no era precisamente la actitud de estos tres diplomáticos de otorgar asilo a los chilenos perseguidos por el régimen de Pinochet lo que habría motivado su regreso a la capital argentina. De hecho, Albino Gómez enfatiza:

Podemos pensar que esta discontinuidad en las funciones de los diplomáticos durante la coyuntura del golpe militar en Chile hasta principios de 1974 podría ser una de las razones por las cuales los asilados no llegaron a establecer un vínculo con los funcionarios a cargo. Por supuesto que esto no quiere decir que el personal de la embajada no haya intervenido para la protección de las personas que allí estaban, pero sí nos permitiría distinguir distintos niveles de solidaridad con los perseguidos. Por otro lado, es importante subrayar que la ausencia de estos diplomáticos habría significado el cierre de las comunicaciones entre la embajada y organismos internacionales en Santiago, como el ACNUR, que estaban trabajando juntos para obtener los permisos de salida de los asilados. Al respecto, Belela Herrera señala que Gómez y Córdova Moyano fueron las figuras más importantes en el entramado de solidaridad hacia los asilados pero cuando se debieron retirar "se cortó" la posibilidad de ingresar a la embajada argentina y por lo tanto, de seguir ayudando (Belela Herrera, en MRECIC, 2007: p. 121). La reconocida escritora Tununa Mercado relata que en Buenos Aires, el nombre de Albino Gómez se transmitía en la boca de los refugiados de distintas nacionalidades "que decían que él les había abierto las puertas de la Embajada Argentina en Chile, que los había salvado, que había sido providencial que él estuviera para recibirlos, organizarlos y darles techo y pan, que es como suelen describirse a escala humana las acciones de refugio diplomático" (El Arca Digital, s/f).

Los asilados arriban a la Argentina

Si los ingresos y la vida cotidiana en la embajada se desarrollaron con dificultades, incertidumbres y miedos, las salidas hacia Argentina tampoco estuvieron exentas de contrariedades. Uno de los problemas más importantes tuvo que ver con la entrega de los salvoconductos, es decir, de los documentos oficiales que debe gestionar el Estado asilante (en este caso, Argentina) ante el Estado territorial (Chile) para que autorice las salidas del país.

En esta instancia de la experiencia del asilo hubo distintas complicaciones. Una de ellas fue que el régimen militar chileno no siempre aprobaba los documentos para que las personas se fueran del país. Así, un asilado destaca las largas listas con nombres que se distribuían en la embajada con la aclaración de "diferido" al lado de algunos de ellos, lo que significaba que no se contaba con esa aprobación (Memoria Abierta, Testimonio de Mario Daniel Pérez Aguilar, Santiago, 2013). La mayoría de estas largas esperas para salir se debían a que las personas estaban siendo investigadas por el régimen militar chileno. También hubo casos en los que fue el gobierno argentino el que demoró esas gestiones. Aquí debemos recordar, por ejemplo, que inmediatamente después del golpe, hubo 278 chilenos que tenían la aprobación para irse pero que no podían hacerlo porque el gobierno argentino no lo autorizaba (). Incluso, el hecho de que los viajes hacia Argentina se realizaran en tandas de cien personas, responde a que las tareas de inteligencia realizadas por la policía argentina no podía superar ese número de investigaciones por semana (La Nación, 1/10/1973). Como explica (Abbattista, 2014), estas investigaciones pasaron a engrosar los expedientes que los servicios de inteligencia de la Policía difundieron a las distintas fuerzas de seguridad en ese país y que sirvieron a la represión estatal en años posteriores.34

En consecuencia, la espera por el salvoconducto significó para algunos de estos asilados, "una lucha más" dentro de lo que fue la vida en la embajada (Memoria Abierta, Testimonio de José Emilio Dollenz Briceño, Santiago, 2013). Cuando los diplomáticos recorrían la embajada con las listas de aprobados, los asilados se encontraban atrapados entre sensaciones complejas, entre la pena, la incertidumbre35 y la alegría, "algunos te felicitaban y uno no entendía las felicitaciones" (Memoria Abierta, Testimonio de Mario Ulises Gómez Ramírez, Santiago, 2013). Una vez obtenido el permiso, los asilados subían a un bus dispuesto por la embajada en el que se trasladaban hasta el aeropuerto36 y allí los esperaba un avión de la Fuerza Aérea Argentina para cruzar la frontera. Uno de ellos subraya esta sensación "rara" de la salida:

Es sugerente la imagen que se entreteje en este recuerdo, de un país que parecía "normal" mientras se producían los destierros de centenares de ciudadanos que, como estos asilados, transitaban sus salidas de forma silenciosa. Por otro lado, muchos de ellos destacan también, que la salida hacia Argentina fue pensada como un impasse , como un momento que sería breve y que les permitiría, en algunos casos, reorganizarse para volver al país.37

Además de las complejidades que presentamos, en la instancia de la salida existieron algunas medidas tomadas por el gobierno argentino que condicionaron el ingreso de los chilenos a su territorio. Un hecho importante fue el caso de los 112 chilenos que habían arribado al hotel Ezeiza y que fueron inmediatamente detenidos por la policía. Esta detención fue denunciada mediante la presentación de un recurso de amparo a través del cual, el juez Miguel Inchausti, ordenó la liberación; sin embargo, el gobierno nacional no acató esta sanción y en su lugar, exigió que los asilados abandonaran el país en veinticuatro horas (Bufano, 2005). Ana María Bussi recuerda: "y llegamos a ese hotel, al Hotel Ezeiza. Un hotel muy de lujo, pero los primeros pisos, los últimos pisos es una cárcel internacional, que muy poca gente sabía, yo creo. Eran cuartos pero que pusieron un gendarme en cada puerta, cuando nosotros levantamos el teléfono, decía: usted está detenida e incomunicada, sírvase colgar este teléfono" (Memoria Abierta, Testimonio de Ana María Bussi Vidal, Santiago, 2013).

Es importante destacar que los primeros contingentes de asilados llegaron a Buenos Aires en octubre de 1973, un mes después del golpe militar y que, para ese entonces, la situación política en Argentina estaba atravesada por importantes conflictos internos entre la radicalización política de la juventud peronista y de izquierda y el gobierno de Perón que gobernaba a partir de las premisas de "pacificación social", "condena a la subversión" y "depuración ideológica" (Franco, 2012: pp. 50-54). La llegada de los asilados se inscribió en ese marco. En ese sentido, pueden explicarse también algunos informes elaborados por la DIPPBA a finales de 1973, en los que se construye una mirada criminalizante sobre los chilenos en Argentina. Por ejemplo, en uno de esos informes se enfatiza: "Los mismos [exiliados chilenos], al igual que los extranjeros residentes que también se acogieron al derecho de asilo, son en su mayoría guerrilleros y/o elementos relacionados con organizaciones subversivas, difiriendo fundamentalmente con los típicos 'asilados políticos' que tradicionalmente ha recibido nuestro país a lo largo de su historia" (DIPPBA, Parte de Información, 27/73, 6/11/1973, Mesa Referencia, Leg. 16998, Tomo I).

Otras experiencias que dan cuenta de este control fueron las disposiciones que establecían que los arribos aéreos de los asilados ocurrieran lejos de la ciudad de Buenos Aires, en otras regiones internas del país (La Opinión , 6/10/1973). Como señala (Bufano, 2005), esto ya formaba parte de los discursos públicos del presidente Perón en los que indicaba que, si bien se otorgaría el asilo por cuestiones de derecho internacional, los extranjeros serían "confinados" a lugares distantes, como Misiones o "la selva". Por ejemplo, Mario Ulises Gómez Ramírez viajó en octubre de 1973 y recuerda que en el mismo vuelo hacia Ezeiza se enteraron de que el trayecto había cambiado: "ya deberíamos haber aterrizado y cuando empezamos a ver para abajo, empezamos a ver agua, y habían matorrales, planta, agua, esto parece más un indicador de antesala de la selva y ahí nos empezamos a preocupar y a exigir que nos dijeran" (Memoria Abierta, Testimonio de Mario Gómez Ramírez, Santiago, 2013). En lugar de aterrizar en Buenos Aires, el avión los llevó hasta la ciudad de Corrientes, en donde fueron recibidos por personal de la gendarmería y llevados a un hotel manteniendo fuertes controles sobre ellos.

En el mismo tono se desarrolló el arribo de Mario Daniel Pérez Aguilar en enero de 1974. En su caso, también fue llevado a una ciudad alejada de Buenos Aires: Bahía Blanca. Su experiencia estuvo atravesada por dos caras diferentes: por un lado, "por la solidaridad de los argentinos con los chilenos" y, por el otro, por la profundización de la violencia paraestatal de esos años. En este último punto, el entrevistado, señala:

En el mismo sentido, otro asilado señala que su experiencia de "alegría por salir del país" fue también una experiencia "dramática" por la fuerte represión que "los grupos de ultraderecha" en Argentina dirigieron hacia los asilados (Memoria Abierta, Testimonio de José Emilio Dollenz Briceño, Santiago, 2013).38 La persecución ideológica y política, sería parte también de la experiencia de los funcionarios de organizaciones humanitarias en Argentina. Como explica Oldrich Haselman -representante regional del ACNUR para América Latina en esos años-, fue sobre todo a partir de la muerte de Perón, en julio de 1974, que las áreas de protección de refugiados fueron amenazadas y violentadas y muchos de ellos deportados hacia otros países (Haselman, en MRECIC, 2007: p. 115).

Sin lugar a dudas, las experiencias de estos y otros asilados en Argentina desde 1973, tuvieron distintos derroteros de cara a lo que fue posteriormente el golpe militar de marzo de 1976. Otras experiencias de chilenos no asilados remarcan también esta sensación de incertidumbre en el país. Por ejemplo, Adriana Moreno partió hacia Argentina en 1974 por sus propios medios, pues consideraba que tanto la categoría de refugiado como de asilado podían ser herramientas perjudiciales para su vida en ese país. Las experiencias cercanas le permitieron concluir a esta entrevistada que lo mejor era no pedir asilo, para de esa manera poder pasar inadvertida:

Las difíciles experiencias de asilo en Argentina estuvieron fuertemente atravesadas por las dinámicas políticas internas del peronismo en el poder. Como explica Cecilia (Azconegui, 2014), las primeras respuestas del peronismo ante el golpe de Pinochet y mucho más antes con los asilados, fueron poco claras. Por un lado, el breve gobierno de Lastiri tuvo una posición ambigua entre la condena y la aceptación del gobierno militar chileno en la que finalmente se reconoció la soberanía del régimen de Pinochet. Pero, por otro, hubo una recepción preferencial40 del gobierno de Perón a los chilenos en relación a otros asilados latinoamericanos, a los que solo se recibió de modo transitorio. Junto a ello, profundizando la complejidad del proceso, hubo una fuerte cristalización del tema de los refugiados y/o exiliados como parte de un "problema de seguridad nacional". Este aspecto se fue consolidando desde mediados de 1974 y con mayor claridad en 1975, lo que obligó a muchos asilados y extranjeros en el país a iniciar un segundo exilio hacia otros continentes.

Las ambiguas posiciones del peronismo en esa coyuntura se encuentran aún pendientes de una investigación exhaustiva. Para comprender las experiencias del asilo en su complejidad será importante tenerlas en cuenta, pues los relatos aquí recuperados ofrecen distintos matices sobre el caso. Por ejemplo, una exiliada subraya: "en el peronismo hubo gente muy solidaria como hubo gente que nos perseguía también... pero en su mayoría, era muy solidario con los chilenos, yo por lo menos, lo que viví eran gestos de mucha solidaridad" (Entrevista a Adriana Moreno Fuenzalida, Santiago, 2013). De hecho, los agradecimientos hacia Argentina por parte de los asilados chilenos son frecuentes, a pesar de las experiencias de detención y persecución que se vivieron en algunos casos.41 Estos indicios, así como los relatos recorridos sobre la recepción y cotidianidad en la embajada, nos permiten cuestionar las imágenes monolíticas que circulan sobre este tema.42 Podemos repensar entonces esta coyuntura de incertidumbre política y de crisis general en la región, reconociendo múltiples actores, políticas e intereses, algunas de las cuales imprimieron acciones solidarias en un marco que avanzaba gradualmente hacia políticas más represivas y de exclusión.43

Consideraciones finales

A lo largo de este artículo recorrimos distintas trayectorias y experiencias de asilo de chilenos y chilenas que encontraron en la embajada argentina en Santiago un lugar de protección. Esta investigación nos permitió avanzar en el conocimiento de algunas características importantes de estas experiencias y de otras tensiones que también las atravesaron.

A partir de los relatos aquí recuperados podemos afirmar que la búsqueda del asilo diplomático fue resultado de una decisión tomada en medio de la incertidumbre, sin mucha planeación; decisión en la cual la embajada argentina "emergió" como opción "a la mano", por su ubicación en el mapa urbano de Santiago y por la inmediatez de su frontera con Chile, lo que significaba en el imaginario de los asilados permanecer "cerca" del país. Junto a ello, vimos que las condiciones de vida dentro de la embajada fueron difíciles de solucionar en lo inmediato y que requirieron de la organización y de la buena convivencia de los asilados y diplomáticos. Pero aún más, la experiencia de este asilo estuvo marcada por diferentes escalas de solidaridad que nos permitirían postular que los diplomáticos de la embajada actuaron por su cuenta y a veces a contrapelo de las posiciones políticas más generales que se tomaban en Argentina con respecto al caso chileno.

Sobre los distintos aspectos de esta experiencia aún queda mucho por recorrer. Consideramos que uno de los principales desafíos consiste en indagar con mayor profundidad sobre las prácticas políticas de los actores diplomáticos, gubernamentales y estatales que operaron de distintas maneras en el otorgamiento del asilo y en los recibimientos de exiliados chilenos -y de extranjeros- en Argentina. En estrecha relación, resulta fundamental que las investigaciones amplíen la mirada temporal y geográfica de las experiencias del asilo chileno en Argentina y que, además, se realicen comparaciones rigurosas con otros casos.

En definitiva, los relatos aquí recuperados nos permitieron adentrarnos a la memoria de una experiencia poco explorada hasta ahora y que se encuentra alimentada por recuerdos dolorosos y silenciados pero también por gestos y acciones de solidaridad y protección que merecen seguir siendo interpelados.

Citas

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